El Joker. Ese comodín que cambia una mano, que vira el destino y convierte una apuesta perdedora en triunfo.

Un payaso que ríe estrepitosamente por fuera, mientras su interior llora.

Un héroe. Un villano. La historia siempre se divide así. En buenos. En malos. Sin circunstancias, sin posibilidad de cambio de bando.

Pero el comodín otorga esa posibilidad. El joker que todo el mundo ansía ha sido llevado al cine de muchas maneras. La última, en cambio rompe con todo lo anterior.

La vi cuando se estrenó y ayer, de nuevo decidí volver a darle al play. El resultado fue el mismo que hace meses, cuando la descubrí.

Mi alma se aferró de nuevo a cada fotograma, mi corazón sangró y sentí pena, vergüenza y dolor.

Eso es lo que le pido a una película, que no me deje indiferente y Joker no lo hace. Es una cinta que se aferra a las entrañas y despierta tantas emociones como pensamientos. Una de esas, que te dejan anclada a ellas después de aparecer las letras de FIN.

Durante dos horas, mientras te sumerges en el infierno de Arthur, aprendes también otra verdad. La de quién es cada uno de nosotros, de qué lado inclina su balanza, qué brújula le guía.

Por un lado, no pude evitar pensar lo enfermos que estamos como sociedad. Mucho antes de que el coronavirus nos sumiera en una realidad desconocida, ya había demasiados males que no debimos nunca permitir.

No se trata de que existan miles de virus, millones de bacterias ni tantas enfermedades que parece mentira que sigamos sin extinguirnos. Tampoco hablo de los problemas psíquicos que asolan nuestra aparentemente idílica vida, basada en el consumismo y la economía.

Estamos enfermos. Todos lo estamos, porque aunque odiemos reconocerlo hemos perdido kilos de empatía y nos hemos olvidado de que es la socialización lo que nos mantiene a salvo.

El modo en el que queda de manifiesto el sufrimiento de las personas con enfermedades mentales en la película es tan desgarrador como avergonzante.

Duele y mucho observar a escenas de situaciones que nadie jamás debería sufrir por el mero hecho de padecer una enfermedad.

Es ese transfondo constante de la película, ese sentimiento perenne de culpabilidad el que te atenaza. Pero es cierto que vivimos así, a espaldas siempre del diferente, pensando que si no lo vemos no existe y que no hay dolor en el ostracismo.

Juzgando a los demás por nuestro rasero nos creemos con la potestad de señalar a unos y encumbrar a otros, con el sufrimiento que eso ocasiona.

Y todo porque olvidamos que es el prójimo quién nos salva siempre, y nosotros la tabla que socorre al resto. Y es ese olviso el que hace que continuamos tratando de vivir independientes, desarraigados, egoístas e incluso crueles.

No pensamos que mi destino puede ser mañana el tuyo. Que los dedos que ven deslizarse la suerte entre ellos, pueden ser mañana los míos. Vivimos sin pararnos a pensar que el mañana puede llevarnos al éxito más absoluto o al fracaso más brutal.

El propio Joker lo explica en “La broma asesina”:

“Basta con un mal día para que el hombre más cuerdo del mundo enloquezca. A esa diferencia está el mundo de mí. A un mal día.”

Así de sencillo. Una noche diferente, una jornada desafortunada, un comodín donde no lo esperabas y la fortuna cambia de manos.

Deberíamos vivir siempre con esa consigna en mente, con la idea perpetua de que el juicio que celebres hoy será por el que te juzgarán mañana. Pero no lo hacemos y es cuando el comodín altera el juego, cuando nos damos cuenta de que ser la mano perdedora no es tan divertido.

Mirar nuestro mundo como un planeta enfermo de insensibilidad fue doloroso, pero entonces me di cuenta del proceso de superación de Arthur y le admiré.

Mientras yo lloraba y sentía rabia y frustración, él iba descubriéndose. Aceptándose. Por muy extraño que pueda llegar a parecerle al mundo, siempre hay algo de cordura en la locura, y mucho de verdad en su insana mente.

 

La marca personal del Joker

 

Hay quién dice que la marca personal se crea mientras otros creen que es parte de nosotros mismos. En mi opinión ambas versiones tienen razón.

Construir una marca personal es mentir, es inventarte como te gustaría ser y proyectar sombras chinescas contra la pared. Creer que somos lo que somos por nacimiento, es limitarnos a las posibilidades de crecimiento que poseemos.

Por eso, en mi opinión somos lo que somos, pero debemos trabajar para llegar a lo que querríamos ser. Descubrir aquello que nos hace vibrar, aceptar lo que nos avergüenza, potenciar lo que nos enorgullece: eso es crecer. Ese es el único modo de conseguir una marca personal potente y coherente.

La marca personal es la suma de nuestra esencia con la de los que nos acompañan, es anexar a lo que somos aquello que construimos para convertirnos en quiénes querríamos ser. Cris Ballester

Arthur la logra. Mezcla su propio ser, ese dolorido, agonizante, enfermo y vapuleado, con aquello que sueña. Y se convierte en un referente, en un ídolo: pero solo cuando se descubre, cuando se encuentra a sí mismo en la soledad a la que el resto del mundo le condena.

Es cuando deja de intentar ser alguien que no es, cuando deja de tratar de encajar en los cánones de otros, cuando es libre de brillar. No, no es ético, ni moral, pero no todas las esencias son puras y buenas.

Pensar que todos los profesionales que llenan Internet, son reales y sinceros, es tan absurdo como creer que lo es cada persona que nos cruzamos por la calle.

Existe una gran mayoría de seres dignos, de profesionales que se dejan el alma por ser cada día mejores, de personas empáticas y colaborativas que ayudan y empujan.

Y luego están los otros, los que echan el freno de mano a cada persona que se acerca a ellos. Los que atan las alas al suelo y hunden a los demás para tomar su propio impulso.

Esos, a los que no verás presumiendo de su maldad en redes sociales, a los que no encontrarás contando cuántos compañeros han caído en sus zancadillas. Pero existen.

Elena Arnaiz, siempre habla en su blog del brillo de las personas. De esas que lucen por donde vayan y de esas otras que las iluminan desde un segundo plano.

Hay quiénes son luz, no pueden evitar deslumbrar cada mirada que se cruza con su esencia, y hay otros que han elegido las sombras. Porque yo, que me he enfrentado a todo tipo de oscuridad, sé que alejarse del brillo es una opción.

He aprendido que los que tratan de eliminar luces ajenas saben bien lo que están haciendo. Hay maldad en ese acto de envenenar al prójimo, de apagarle y de elegir la oscuridad propia a la iluminación compartida.

Es una envidia llevada al extremo, el no querer que nadie posea más resplandor que el propio, que solo tú seas visto, que no haya otro fulgor en el mundo.

Existen muchos tipos de marcas personales. Las hay de calidad y otras de menos coste, las hay falsas y auténticas, exitosas y frustradas. Pero todas son únicas, especiales de una u otra manera y todas tienen la capacidad de crecer, de mejorar, de triunfar.

Salvo esas. Las que son incapaces de observar con admiración y felicidad el brillo ajeno. Las que jamás se darán cuenta de que acercarnos a la luz de los demás, ilumina también nuestro mundo.

Esas, están condenadas al fracaso. Porque puedes ser todo bondad y empatía, compartiendo conocimientos de manera altruista. O quizás, inaccesible y serio, pero de una profesionalidad intachable. Todo está permitido, salvo la ruindad. Esa que trata de eclipsar a otros para ser protagonista de una historia que solo leen quiénes lo escriben.

Las que cuentan un cuento, pero viven otro. Las que sonríen cuando tú brillas, mientras tratan por todos los medios de esconderse de tu luz. Las que no saben vivir iluminadas, las que han olvidado quiénes son y se nutren de lo que pueden robar de los demás.

Lo sé, el Joker no es el ejemplo más ético, ni más moral. Pero era real, en su locura. Arthur era ajeno a los demás, a sus sentimientos y emociones. Era cruel y dañino y a pesar de todo, su verdad arrastró a las masas.

Seguramente porque el mundo necesita mucha más verdad de la que estamos dispuestos a dar. Queremos que los demás nos vean como deseamos, no cómo somos en realidad. E iluminamos lo que queremos potenciar, sin darnos cuenta de que es en lo que ocultamos donde reside la mayor parte de nuestra esencia.

Porque tú eres mucho más que el correcto profesional, mucho más que la exitosa experta, y no importa que el mundo lo comprenda. Solo que tenga sentido para ti brillar a tu manera.

Solo descubriendo el origen de tu luz podrás ser capaz de admirar las de los demás como se merecen, sin intentar cambiarlas, copiarlas o apagarlas. Simplemente disfrutando de los distintos tonos que desprenden.

Hay algo en ti de Arthur como lo hay en mí. Un poco de su caótico pensamiento, algo de su miedo visceral, parte de su deseo de agradar.

No importa que no seas completamente equilibrad@, ni que te equivoques millones de veces y tengas que desaprender para volver a empezar. Lo que importa es si estás siendo tú o vives a la sombra de los demás. Si ayudas a brillar o apagas luces ajenas.

Tú eres tu marca y tu marca eres tú. Y eres la suma de las luces que ayudas a resplandecer. Eres irreal, imperfect@, absurd@, irreverente, seri@, coherente o desordenad@ pero, o añades luz al mundo, o será el mundo quién te extinguirá.