Si la envidia fuera tiña
Inteligencia laboral

Si la envidia fuera tiña…

Envidia. Ese sentimiento tan humano, tan intrínseco que a veces no nos damos cuenta de lo que significa. No creo en que haya emociones puramente negativas, ni positivas. Pienso que todas ellas son necesarias, pero siempre en su justa medida.

La envidia por aquello que el otro tiene, la comparación con eso de lo que carecemos no es mala por sí misma. Ayuda a mejorar, a crecer, a querer lograr lo que vemos que a otros les hace felices. Pero, como en todo, en la cantidad está la clave. En la gestión de esa emoción radica el modo en el que vamos a vivir, en el que vamos a permitirnos desarrollarnos o anclarnos a una losa que nos imposibilite el paso.
Los niños envidian el juguete que tiene su amigo. No porque el suyo sea peor, ni porque en realidad lo desee. Lo que suelen envidiar es el sentimiento que ven reflejado en el otro y quieren lo que creen que es el motivo de su felicidad. Cuando consiguen el juguete, se dan cuenta de que no lo deseaban, y lo devuelven.
 
Es en ese instante cuando el niño se da cuenta de que no siente lo que pensaba que sentiría al tenerlo, y eso aún le frustra más. De adultos, olvidamos aquella lección. La felicidad no está en el objeto, ni en la ganancia, ni en el logro.
Y ahí radica la clave más tóxica, más insana y más peligrosa de la envidia. Porque, y aunque muchas personas creen que la envidia es querer lo que el otro tiene, la realidad es que habitualmente quién envidia al otro no quiere lo que él tiene, quiere que aquél no lo tenga.
Ocurre con los objetos materiales, pero es aún más común en lo intangible. Creer que lo que ha conseguido el vecino no lo merece y desear que lo pierda, es el más extendido tipo de envidia. Y el más dañino.
Tú no. Tú no envidias a nadie. Tú te alegras de todos los logros, de todas las hazañas de todas las personas de este mundo. Porque la envidia tiene mala fama, está feo, no es socialmente aceptable. 
Sólo que tú también, como todos, mientes cuando dices que tu mundo está repleto de mariposas que aletean cuando ven a los demás triunfar donde tú has fracasado.
Lo reconozco. Yo sí. Yo envidio a las personas que han logrado hacer de su vida aquello que querían. Envidio a quién comenzó desde el escalón más bajo y subió peldaño a peldaño la escalera que le separaba de su meta. Les envidio, pero les admiro.
No les juzgo. No les resto mérito. Les convierto en mis referentes, porque sé que esa envidia es, en realidad un reflejo de mis carencias. De mi falta de valentía, de mi exceso de prudencia, de aquello que me pesa tanto que no me deja intentarlo. Y me miro en ellos, como quién se contempla en un espejo, para hacer de lo que soy, mi mejor versión.
Si ellos pudieron, ¿por qué yo no? Puede que me falte lo que a ellos les sobra, o puede que tenga demasiado de lo que ellos carecen. Pero no soy inferior. No soy menos, ni más y esa es mi baza.
Sin embargo, ese reflejo no es aceptado por todo el mundo. Hay quién lo ignora, quién lo tapa, quién lo esconde en el trastero al más puro estilo Dorian Gray. Pero sigue ahí, no desaparece por mucho que lo ocultes. Y mientras más trates de taparlo, más tiempo tardarás en encauzar tu camino por la senda que te llevará al éxito que tanto envidias a los demás.
Por eso, reacciona. Obsérvate a ti. No al otro. Deja de llorar esperando el juguete del vecino.
Atrévete a descubrir cada una de tus imperfecciones. Esas que detestas tanto que te hacen odiar a los que no las poseen.
El espejo refleja lo que tú eres externamente y tu actitud ante los demás es tu reflejo interior. Si no puedes soportar el éxito de los demás porque lo consideras inmerecido, si desearías que tu amigo siga teniendo sobrepeso aunque no sea bueno para su salud, si prefieres no ser el único en desempleo de la cuadrilla, es hora de que leas seriamente lo que tu reflejo quiere decirte.
Alegrarse del triunfo ajeno es un arte, aunque nos deje un pequeño poso de “a mí también me gustaría lograrlo”. Pero hay quién nunca aprenderá a hacerlo.
Cuentan que si introduces a un cangrejo dentro de un cubo, hará todo lo posible por escapar de él. Lógico, ¿verdad? Sin embargo si en vez de uno son muchos los que están atrapados en él, ninguno intentará salir. Podríamos pensar que es por asimilación, porque si nadie lo intenta ¿por qué yo sí? Pero hay más. Dicen que si uno lo intentase, los demás tirarían de él de nuevo hacia el fondo del cubo.
En la vida, como en ese cubo, siempre habrá quién te anclará al fondo, quién te dirá que intentarlo está condenado al fracaso y que nada ganas con probar. Pero te hablan de sus limitaciones, no de las tuyas. Opinan desde la envidia que hace que prefieran aceptar la mediocridad compartida a permitir que uno de ellos vuele.
No sigas a la masa, no dejes que otros decidan lo que sí y lo que no. No caigas en la trampa de utilizar la envidia como veneno, en vez de como aliciente. Siempre habrá huellas en el paraíso que deseas alcanzar, pero eso es sólo el indicador de que es posible llegar ahí.
Libérate de la toxicidad de la envidia, y si la sientes, recuerda volver la vista al espejo, a ese reflejo que has llegado a odiar.
Sólo en la aceptación de ti mismo está la clave del éxito. No depender de las acciones del otro, no necesitar la aprobación, no desear ese mal que intoxica tu alma. Quizás aún no lo hayas experimentado, pero sólo en ese estado alcanzarás la verdadera libertad.

La envidia es el más estúpido de los vicios, porque no hay una simple ventaja que se pueda ganar de ella.-Honore de Balzac.

Un Comentario

  • DiosaMaracaná

    Cuantas verdades juntas, Cristina. No había reflexionado sobre lo que dices y tienes razón: quien envidia no quiere el objeto, quiere que el otro no lo tenga, que no sea feliz, desea que sea un ser frustrado como él. Lo demuestra el hecho de que, al obtener el dichoso objeto, enseguida se aburre, y de reojo mira a ver qué está haciendo el otro; basta que lo vea disfrutando de nuevo con otra cosa para desearla también. Y así en bucle. Y cuando digo objeto también me refiero a intangibles. Hay que estar muy seguro de uno mismo, de lo que queremos y lo que nos hace felices para no envidiar a otros. Siempre he dicho, por ejemplo, que envidio una voz bonita porque me hubiera encantado cantar precioso, pero leyéndote caigo en cuenta de que no es envidia, porque no deseo que quien canta bonito deje de hacerlo; es admiración entonces. Y así con muchas cosas. Creo que la formación de hogar y en la escuela es fundamental para aprender a no envidiar, y le doy las gracias a mis padres y mis maestros por haberlo logrado conmigo. Un beso, gran artículo!

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