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Si tu vida es un Carnaval

Cuando te paras a observar, descubres en el mundo que te rodea cosas inesperadas, sorprendentes. Algunas feas, tan horribles que erizan la piel y el alma a partes iguales. Otras, tan hermosas, que hacen que vuelvas a creer en la raza humana.
Este fin de semana ha sido una de esas épocas del año en la que observar y dejarte sorprender.
Carnavales. Desde hace años la fiesta del colorido, la diversión, las máscaras y el baile de personalidades.
Un Batman de pelo en pecho empujando a un Joker en miniatura sentado en su carrito. Blancanieves empinando el codo junto a la madrastra, compartiendo risas y confidencias, pero sin manzanas. Dos payasos, tres trapecistas y un domador, cenando en una mesa acompañados de siete leones.
Y me puse a pensar cuánta gente se pone el disfraz ese día y cuánta espera a esa noche para poder quitarse la máscara que se coloca a diario.
Empecé a preguntarme si el lobo se vestirá cada día de Caperucita para pasar desapercibido, si los leones guardarán su melena tras kilos de gomina para parecer exitosos y si cenicienta finge ser princesa mucho más allá de las doce.
Vivimos en un baile de máscaras continuo, en el que cada uno representamos un papel. Algunos, intentamos coser nuestra esencia a la imagen que proyectamos, otros se maquillan y disfrazan a diario, para que no se vea quién se oculta tras la vestimenta.
¿Se puede ser feliz, se puede vivir en una perpetua mentira? Dicen que nadie puede engañar a todo el mundo todo el tiempo pero, ¿es cierto?
Hay quienes llegan a creerse el disfraz que se han colocado, que lo viven, que lo sienten como propio. Hay personas que han llegado a construir una vida edificada sobre los pilares más falsos que pueden existir, los de engañarse a uno mismo.
Conozco cientos de casos que han sido capaces de engañar durante diez, veinte, cuarenta años, no ya al mundo entero si no a aquellos con quienes compartían cama.
Entonces pienso ¿Qué lleva a alguien a querer esconder quién realmente es? Más aún, ¿qué hace que se quieran tan poco como para preferir vivir en la mentira que desenmascararse y aceptar lo que venga?
Todos mentimos. No, tampoco tú te libras. Puede que no sea consciente, que sólo se trate de ponerle un poquito de corrector a los defectos, de echarle sombra de ojos a los daños e iluminador sin miedo a las virtudes.
Pero mostrarnos sin maquillaje, sin máscara ni disfraz nos hace vulnerables, frágiles, temerosos.
Existe una enorme valentía en ser capaces de salir al mundo sin filtros de snapchat, sin corrector de Word y sin el retoque de Instagram. Pero ahí radica la diferencia entre quienes serán comprados por venderse y quienes venden, aún sin buscarlo, sólo por cómo son.
El lobo, la madrastra, Darth Vader, el capitán Garfio, siempre serán los malos de la historia. Pero tienen su público simplemente por ser ellos mismos. Por ser quiénes son. No fingen, no intentan pasar por buenos. Son auténticos.
Disfrazarse de princesa, de hada del bosque o de ángel sólo durará un suspiro. O tu público descubrirá que la máscara está vacía echando abajo toda la farsa, o llegará el momento en el que tú ya no puedas más y debas romper la baraja.
En ese instante descubrirás que, si hubieras sido fiel a ti mismo, si te hubieras permitido rugir como el león que eres o cazar como el lobo que siempre has sido, habrías tenido personas a las que les habrías ganado igualmente.
Los expertos en marca personal, en estrategia de negocio, en monetización dicen que es vital para cualquier persona que quiere tener éxito, definir su público objetivo.
¿Qué es eso? Básicamente se trata de tener claro el tipo de persona que pagaría por lo que haces. Pueden ser empresarias adineradas, padres solteros, adolescentes raperos, deportistas de élite, abuelos cuidadores y así hasta el infinito.
Lo importante es definir el ámbito de la población al que nos vamos a dirigir y generar contenidos por y para ellos.
El problema llega cuando empiezas a pensar que el nicho al que te quieres dirigir jamás te comprará siendo como eres.
Aparece la creencia limitante que te cuenta al oído que para vender a una persona trajeada, debes plantearte la corbata. La que te dice que las madres se fían más de otras madres o que tienes que ser rapero para que un adolescente te vea entre la multitud.
Así te vas colocando el disfraz. Uno o miles. Capas y capas de maquillaje, peluca, pendientes, abanico y hasta peineta. Lo que sea por vender.
Y en ese momento en el que empiezas a triunfar, sin saberlo, comienza el mayor de tus fracasos. La venta no lo es todo, el dinero no lo es todo. El éxito es otra cosa.
El verdadero éxito, el grande, el vital, es el que hace que puedas hacer lo que amas, vivir de ello y acostarte cada noche orgulloso. El éxito es, sobre todo, interno. No es más que sentirte satisfecho de lo que has logrado, y de cómo lo has obtenido.
Con atajos, con mentiras, con disfraces y trucos de magia borrás puedes vender, puedes enriquecerte, pero te faltará la pata más importante, la moral, la ética, la interna. Quizás pienses que si nadas en dinero, puedes acallar la conciencia a golpe de Visa oro, pero si es así tienes un problema mucho mayor que el fracaso.
No existe bondad ni maldad en estado puro. Siempre hay algo de los dos en cada ser humano y es por la mezcla que hay en ti, entre eso y otros miles de rasgos, por lo que aquellos que te acompañan lo hacen y lo harán siempre.
Hay miles de cosas que tu gente, tu público, tus clientes te perdonarán, pero nunca pasarán por alto la falta de autenticidad. En una vorágine existencial con millones de opciones, ese es uno de los pocos motivos para elegirte. Si lo pierdes, ¿qué quedará de todo lo que has construido?
Valora, reflexiona si compensa. El trabajo de engañar, las horas de maquillaje y atrezo, las cadenas colocadas a diario a tu esencia para no dejarla asomarse al mundo, el disfraz cosido y remendado mil veces para que no se note, que no lo vean. La presión que te colocas, las mentiras que le cuentas a esos ojos que confían en tu mirada. 
Por eso, si tu vida es un Carnaval, has equivocado el paso. La vida es mucho más que ser tú mismo un día al año mientras escondes tu esencia el resto del tiempo.
Aunque ahora no lo creas, hay miles de personas dispuestas a quererte, aceptarte y acompañarte los 365 días de cada año seas como seas, si tienes la valentía de permitírtelo.
Atrévete a soltarte la melena, que la vida son dos días y, si tu quieres, uno es hoy.

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