Si eres cliente de Netflix hace un tiempo, seguro que lo has notado. Decisiones empresariales que han ido encadenando subidas de precio, eliminación de los planes más básicos, bloqueo de las cuentas compartidas. Muchos usuarios han mostrado su enfado en las redes sociales, en foros e incluso en sus canales de atención al cliente. Sin embargo, y aquí está lo interesante, pocos han abandonado el barco.
Ikea es el gigante de la decoración accesible por excelencia, pero desde hace unos años también alquila muebles, recompra algunos usados y ha ido reorganizando su modelo sin convertirlo en discurso. No explica sus decisiones sobre el negocio, no busca convencer. Lo que hace, y muy bien, es dejar que el mercado entienda el movimiento sin necesidad de subrayarlo.
Apple utiliza el silencio y los tiempos de manera magistral. Cuando comunica no aclara nada, no explica nada. Afirma. Lanza su mensaje y deja espacio para que los usuarios interpreten y construyan el significado.
¿Has comprado alguna vez en Mercadona? Seguro que no lo has hecho por su contenido en redes sociales o por sus campañas de humanización y storytelling. No lo necesita. Su posicionamiento es uno de los más sólidos del mercado y se ha construido sobre la coherencia operativa (basada en producto, precio y experiencia). No desde lo que dice, sino desde lo que hace de forma consistente.
Puede que te estés preguntando de qué quiero hablarte mezclando casos tan diversos y, créeme cuando te digo que la comunicación de todas estas empresas tiene algo en común.
Todas ellas han entendido la diferencia entre ocupar espacio y construir un lugar.
Ocupar espacio es una cuestión de volumen: estar en todas partes, hablar más alto, llenar el vacío con presencia. Construir un lugar es una cuestión de identidad: es delimitar un territorio propio donde tus reglas prevalecen.
Y para pasar del espacio al lugar, todas han llevado a cabo uno de los actos más revolucionarios que existen hoy en día: renunciar.
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- A explicar demasiado
- A estar presentes en todas partes. Todo el tiempo.
- A responder a expectativas ajenas.
E incluso a dejar de lado:
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- Hablar de ciertos temas
- Emplear algunos formatos
- Entrar en dinámicas
- Ciertos clientes
Y es esa renuncia, sostenida en el tiempo, la que las ha posicionado mucho más de lo que podría haberlo hecho cualquier texto. Porque cuando comunicas desde ese punto te posicionas sin ruido.
No te justificas. Decides.
No intentas encajar. Generas criterio.
Aquí es donde entra la semiótica: la disciplina que nos permite gestionar no solo lo que decimos, sino lo que nuestras ausencias significan.
La presencia no es posicionamiento
Haz conmigo este ejercicio. Solo tienes que responder a cuatro preguntas clave, que dicen mucho más de tu comunicación que cualquier claim bien escrito.
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- ¿Tus mensajes generan expectativa o simplemente mantienen tu actividad?
- Si mañana dejaras de comunicar durante dos semanas, ¿alguien notaría la diferencia?
- ¿Haces lo que dices o dices para rellenar espacios?
- ¿Estás en varios canales porque es lo que se espera de ti o porque cada uno tiene una función clara?
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Durante demasiado tiempo nos hemos creído que para ser competitivos había que hablar más, explicar más, diferenciarse más. Que lo importante era la presencia constante y demostrar todo lo que sabemos sobre el negocio, lo imprescindibles que son nuestros productos o lo bien que hacemos lo que hacemos.
Pero no.
Diferenciarse no es decir quién eres, estar en 5 redes sociales, publicar a diario o hacer las campañas más caras. Cuando la presencia es constante pero no está basada en decisiones de comunicación claras, lo que se diluye no es el mensaje, sino la huella que dejas.
Grábate esto: cuando tu presencia no crea expectativa, tampoco crea posición.
En un entorno saturado de palabras, si lo único que aportas es presencia el mercado deja de percibirte como una referencia y empiezas a ser ruido de ambiente.
Y por eso hay empresas con buena comunicación que no venden, no escalan: porque ocupan espacio, pero no han construido un lugar.
Comunicar tiene un coste
Cada vez que comunicas, eliges.
Escoges tono, palabras, formato, destinatario e incluso valores. Y, te guste o no, elegir siempre implica abandonar. Ese es su coste. ¿Lo asumes en tu negocio?
La mayoría de las empresas no se atreven a hacerlo.
Quieren marcar una diferencia sin incomodar. Buscan un sitio en el mercado sin renunciar a otros nichos. Quieren lanzar mensajes de gran valor, sin que tengan consecuencias reales.
Y eso también es una elección.
Si tu comunicación no implica pérdida, tampoco construye referencia.
Un negocio no puede aceptar a todos los clientes, ajustar el tono para no molestar, bajar precios para que todo el mundo pueda entrar. No todo puede ser negociable.
Las empresas con criterio aceptan el coste de renunciar y comunican desde esa renuncia. No porque busquen excluir o ser percibidas como elitistas, sino porque entienden que sin pérdida no hay beneficio. Y toman decisiones que guían toda su comunicación.
Eso, llevado a lo concreto, se traduce en decisiones.
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- Deciden cuándo no comunicar.
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No porque no haya nada que decir sino incluso a pesar de ello. No todo merece ser contado. No todo refuerza posición, a veces el silencio es fundamental para aumentar el valor de las palabras.
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- Eligen un tono y lo mantienen.
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Un tono que no se suaviza para gustar, ni se adapta para encajar en cada plataforma. Una voz propia que no es estilo: es un límite.
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- Asumen que algunos formatos no son para ellas.
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Quizás porque obligan a simplificar o a forzar algo que no encaja en su línea de negocio. Saben que renunciar a formatos, por masivos que sean, también es una forma de proteger su esencia.
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- Aceptan que no todo el mundo es su cliente ni su objetivo.
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Comunicar desde el criterio implica perder leads y cerrar puertas. Si la comunicación sirve para todos, probablemente no está diciendo nada importante.
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- Mantienen la coherencia cuando nadie las mira.
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El posicionamiento se construye con decisiones que siguen vigentes incluso cuando dejan de ser visibles o rentables a corto plazo.
Así es como las compañías consiguen que su comunicación se vuelva creíble y reconocible. Entonces, ocurre la magia: se olvidan de la necesidad de justificar quiénes son porque el mercado deja de preguntarlo.
Las decisiones (y la ausencia de ellas) hablan tan claramente que la comunicación deja de ser un ejercicio de reafirmación constante, de búsqueda eterna de espacio.
Y se convierte en la herramienta que te permite ocupar el lugar con naturalidad.
Ya ves, el secreto del posicionamiento no es escribir mejor ni hacer más esfuerzos por tener presencia. Se trata de dejar de generar el ruido y empezar a leer tu comunicación con ojos externos, para mover las piezas que llevan tiempo quietas.
Esa mirada es la que yo trabajo: porque muchas empresas no necesitan comunicar más: necesitan entender por qué, con todo lo que dicen, nadie termina de elegirlas.
Maravilla. Este artículo es para enmarcar y leer de vez en cuando.
Muchas gracias Noelia!
Con tanto ruido ocupando espacio, me parece súper importante buscar un lugar propio
Me alegra muchísimo que te haya gustado.