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Bienvenidos al maravilloso mundo de Internet

¡Pasen y vean!

Disfruten del espectáculo. Este no es el mundo que hasta ahora han conocido, no se parece a la realidad en la que creían vivir. Esto no es su universo. Esto es Internet.

Aquí casi todo es posible. Puedes ser quién desees, triunfar en el área que ansíes. Puedes colocarte cien coronas de laurel, medallas por doquier e inventarte los cuentos que sueñes.

Aquí no existe la pobreza, ni las desgracias, ni la infelicidad. En este simulacro de mundo que hemos creado solo hay belleza, hay dinero, éxito.

Ya hablé en su día del postureo, del daño que te hace a ti y a quiénes observan la mentira que les cuentas.

Pero hay más. Es este un universo plagado de recompensas instantáneas, de lujo, de viajes, de negocios que funcionan sin esfuerzo.

Porque aquel que está empezando, se alienta con tus logros, pero ¿no se merece también conocer tus fracasos? ¿no debería saber las horas que restas al descanso, a la familia, a la vida?

El éxito no es dormirse un día y despertarse “petándolo”. El éxito únicamente llega trabajando mucho, sufriendo mucho y, sobre todo, fracasando tantas veces que llegas a perder la cuenta.

Pero no lo contamos ¿para qué? Que me vean así, enorme, triunfador, colocado en la peana que he tardado años en construir.

Que nadie sepa que el estrés me hizo padecer insomnio, oculta los días de nevera vacía por falta de dinero, las millones de puertas con las que te dieron de bruces.

Y cuando llega el siguiente ganador, tras años de no alcanzar el podio, lo silenciará también. Si otros no lo han contado, por algo será.

Así nos va. Deshumanizamos esa marca que deja de ser personal para convertirse en un circo de fuegos artificiales y perdices que se comen tantas veces que ya repiten, cansan, hastían.

A mí también me gustan los parques temáticos. Esos en los que todo es posible, en los que la fantasía me lleva de la mano a descubrirlo todo con ojos de niña. Me atrae la magia que alberga cada uno de sus rincones y esa sensación de que está permitido creer de nuevo en aquello que había olvidado observar.

Pero convertir Internet en uno de ellos, es otra historia.

La fe ha sido siempre lo que ha movido al ser humano cuando no había más a lo que aferrarse. Necesitamos creer. En lo que sea, como sea.

Creemos en dioses, en la suerte, en el destino, en las estrellas, en la energía. Da igual. Cada uno encuentra el lugar en el que depositar sus anhelos.

Ahora, creemos en los demás. Nos aferramos a lo que otros nos cuentan pero no en los que nos sueltan las verdad sin edulcorar. Esos no interesan.

No es en el reflejo de quienes te muestran la verdad en el que te quieres mirar. Porque es fea y dolorosa y prefieres esconderla tras los millones de luces, mascaras y maquillajes de los otros.

Internet es el escaparate perfecto. Es el mundo de fantasía donde cada día es fiesta, cada noche hay fuegos artificiales y cada segundo encontramos sonrisas y felicidad a cada deslizamiento de timeline.

Pero si aquellos que hoy viajan, sonríen y triunfan te contasen la verdad, el cuento cambiaría.

No se llega a la cumbre sin escalar la montaña. Lo sabes pero no quieres verlo. Es más sencillo pensar que la ley del mínimo esfuerzo surte efecto, porque así dejarás de presionarte para luchar.

el espectáculo. Este no es el mundo que hasta ahora han conocido, no se parece a la realidad en la que creían vivir. Esto no es su universo. Esto es Internet.

Aquí casi todo es posible. Puedes ser quién desees, triunfar en el área que ansíes. Puedes colocarte cien coronas de laurel, medallas por doquier e inventarte los cuentos que sueñes.

Aquí no existe la pobreza, ni las desgracias, ni la infelicidad. En este simulacro de mundo que hemos creado solo hay belleza, hay dinero, éxito.

Ya hablé en su día del postureo, del daño que te hace a ti y a quiénes observan la mentira que les cuentas.

Pero hay más. Es este un universo plagado de recompensas instantáneas, de lujo, de viajes, de negocios que funcionan sin esfuerzo.

Porque aquel que está empezando, se alienta con tus logros, pero ¿no se merece también conocer tus fracasos? ¿no debería saber las horas que restas al descanso, a la familia, a la vida?

El éxito no es dormirse un día y despertarse “petándolo”. El éxito únicamente llega trabajando mucho, sufriendo mucho y, sobre todo, fracasando tantas veces que llegas a perder la cuenta.

Pero no lo contamos ¿para qué? Que me vean así, enorme, triunfador, colocado en la peana que he tardado años en construir.

Que nadie sepa que el estrés me hizo padecer insomnio, oculta los días de nevera vacía por falta de dinero, las millones de puertas con las que te dieron de bruces.

Y cuando llega el siguiente ganador, tras años de no alcanzar el podio, lo silenciará también. Si otros no lo han contado, por algo será.

Así nos va. Deshumanizamos esa marca que deja de ser personal para convertirse en un circo de fuegos artificiales y perdices que se comen tantas veces que ya repiten, cansan, hastían.

A mí también me gustan los parques temáticos. Esos en los que todo es posible, en los que la fantasía me lleva de la mano a descubrirlo todo con ojos de niña. Me atrae la magia que alberga cada uno de sus rincones y esa sensación de que está permitido creer de nuevo en aquello que había olvidado observar.

Pero convertir Internet en uno de ellos, es otra historia.

La fe ha sido siempre lo que ha movido al ser humano cuando no había más a lo que aferrarse. Necesitamos creer. En lo que sea, como sea.

Creemos en dioses, en la suerte, en el destino, en las estrellas, en la energía. Da igual. Cada uno encuentra el lugar en el que depositar sus anhelos.

Ahora, creemos en los demás. Nos aferramos a lo que otros nos cuentan pero no en los que nos sueltan las verdad sin edulcorar. Esos no interesan.

No es en el reflejo de quienes te muestran la verdad en el que te quieres mirar. Porque es fea y dolorosa y prefieres esconderla tras los millones de luces, mascaras y maquillajes de los otros.

Internet es el escaparate perfecto. Es el mundo de fantasía donde cada día es fiesta, cada noche hay fuegos artificiales y cada segundo encontramos sonrisas y felicidad a cada deslizamiento de timeline.

Pero si aquellos que hoy viajan, sonríen y triunfan te contasen la verdad, el cuento cambiaría.

No se llega a la cumbre sin escalar la montaña. Lo sabes pero no quieres verlo. Es más sencillo pensar que la ley del mínimo esfuerzo surte efecto, porque así dejarás de presionarte para luchar.

Estoy cansada, harta de la felicidad perpetua, de que me cuenten que tener tu propio negocio no implica sufrimiento, constancia y hacer cosas que no te apetecen.

Me preocupa la idea que se le está dando a los que llegan, con la inmediatez ya por bandera, de lo poco que cuesta todo. De que ese castillo en el que hemos conseguido vivir, cayó del cielo solo porque lo deseamos lo suficiente.

No quiero más Disney que el de las películas, elijo la vida real por dura y frustrante que sea.

Quiero personas con el suficiente valor como para contar lo maratonianas que son sus jornadas, lo exhaustas que llegan de esos viajes que venden como maravillosos, las ganas que tenían de quedarse con sus hijos en vez de hacer 100 km para una conferencia, una presentación o un evento.

Sé que eso no vende, no es popular, no mola. Pero ayuda, acompaña, motiva y pinta de realidad una fantasía que se nos ha ido de las manos.

Me gustaría que supieras lo mucho que puedes hacer por otros si les otorgas tu fe. La creencia de que serás querido y admirado, no por tus logros, si no por la lucha que te ha llevado a ellos.

Si nos convenciéramos de la importancia de ese gesto, Internet dejaría de parecerse al parque temático que hemos creado. Sería real.

Sería un mundo, pegado a tierra pero con las miras en mil cielos. Un mundo en el que todo aquel que llegase sería recibido con la sinceridad que guardas para aquellos en los que confías.

Un mundo en el que poder sufrir abiertamente, luchar codo con codo, aventurarnos públicamente fracasemos o ganemos, sin miedo a ser juzgados.

Es en los años de sirvienta, en el tiempo dormida bajo un hechizo, en los miles de libros leídos en soledad o en el dolor de la pérdida donde se oculta la verdadera fortaleza de cada héroe y heroína.

¿Y no podemos contarlo? ¿Y es mejor obviarlo y decir que éramos mejores que el resto?

No lo creo. Prefiero verdades completas que historias decoradas. Un cuento narrado a medias no es más que una falsedad, porque es en lo que me ocultan, donde se encuentra la esencia.

Hoy Internet es un circo, un Disneyland, una mentira. Una hermosa y deseable, pero igualmente falsa.

Me gustaría un día, dos, una semana de apagar las luces de neón, dejar de lado los fuegos artificiales y dejarnos ver como somos. En toda nuestra fragilidad y verdad.

Siendo, por una vez, simplemente humanos.

Mientras eso ocurre, si es que ocurre, ¡pasen y vean!

4 Comentarios

  • Una Chica del montón

    Pues si,en internet se puede encontrar de todo pero como bien mencionas todo lo que este relacionado con posturear,con el lujo,con el dinero,con los logros e incluso mas de uno que conozco publica también sus problemas y la verdad que no estoy a favor de ninguno de los dos bandos ni tanto contar lo bueno ni tanto contar lo malo porque a la larga todo lo que se publique lo pueden utilizar en tu contra y muchas veces se sufre mucho por ello … ¡Buen post!

  • mmaje163bg@gmail.com

    Hola Cristina, cómo siempre me encanta el post de hoy. Dice verdades innegables. Internet es el anonimato muchas veces y otras las ganas de triunfar aunque hallamos fracasado mil veces. Es cierto que buscamos la inmediatez, pero también es cierto que el esfuerzo en nuestra sociedad de hoy parece que no esté muy valorado en estos tiempos. Creo que a los niños hay que enseñarles también el fracaso y darles las herramientas para que puedan superarlo. Un abrazo.

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