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A oscuras

Podría haber escrito este post mucho antes.
 
Quizás pienses que debería haberlo hecho. Que fue frívolo y poco empático hablar de otros temas, mientras un país entero lloraba.
 
Puede que tengas razón. O no.
 
Me dolió como a ti. Me mantuve pegada a las noticias como tú. Me angustié con cada nueva voladura necesaria. Sufrí por los mineros que arriesgaban su vida. Tuve en mente a esos padres, a esos abuelos, a las familias del que esperaba la llegada de ayuda y de aquellos que se desgarraban las manos y el alma luchando contra el tiempo para alcanzarle.
 
Pero no. No quise sumarme al circo que vi erigirse alrededor de todo aquello. Decidí apartarme, porque hasta la crítica más destructiva no es más que otro poco de oportunismo, cuando se hace a destiempo.
 
Yo no soy Julen. Porque no era mi cuerpo el que yacía en la oscuridad más tenebrosa en una situación que jamás debería haberse producido.
 
No. Yo no soy la familia de Julen. Porque aunque mi alma voló a su encuentro y mis deseos bailaban al mismo son que los suyos, yo no me despierto cada mañana con la ausencia apretándome el alma.
 
Nadie sabe lo que es el dolor, hasta que es propio. No hay quién pueda compararse a una familia que lo ha perdido todo, menos el hilo de esperanza que le mantiene atada a la vida.
 
Pero ¡qué bonito queda! ¡Qué bien sienta unirse a las voces que gritan que todos somos tú! Mientras tú sólo deseas ser otra persona, huir lejos, a otro mundo, a otra vida en la que tu hijo hace travesuras y tú le regañas por hacerlas. Escapar de una realidad en la que jamás volverás a verle sonreír.
 
Y llega la ayuda. Ellos, a mil kilómetros de sus casas, te entregan en bandeja sus vidas para salvar otra. Esa que lo es todo para ti.
 
Pero no vienen solos. Porque donde hay una tragedia, siempre hay buitres esperando para alimentarse hasta de las migajas más insignificantes.
 
Comienza el circo. Unos instantes son suficientes para montar la carpa, las pistas, las luces. Traen consigo sus atracciones de feria y le llaman información a lo que nunca ha sido más que amarillismo, oportunismo, saqueo indiscriminado de las emociones más íntimas.
 
Se despliega la artillería, se llenan las parrillas de especiales que apiadan al espectador. Venden sus minutos de publicidad a costa del sufrimiento, en un intento irrespetuoso y vergonzoso de hacer caja con algo que jamás se debería rentabilizar.
 
Y siento asco. Y pena. Porque creo en la comunicación. Creo en la información y en el derecho de los ciudadanos a saber. Creo en la importancia de visibilizar hechos que sin la luz de los focos, no obtendrían la ayuda, el eco necesarios.
 
Pero hay un límite y si no lo hay, es hora de desandar el camino y mirar por qué nuestras pisadas nos han apartado de la senda correcta. No todo es dinero, o no debería serlo.
 
Julen era un niño que se merecía una vida, y su muerte jamás debió convertirse en un producto que mercantilizar.
 
No. Tú no eres él. Ni yo. Porque ambos podemos aún ver el sol, abrazar a nuestros seres queridos, crecer, envejecer.
 
No. Tú no eres su familia. Porque cuando te acuestes esta noche, aún podrás besar a tus hijos y eres libre de vivir sin el corazón sangrando continuamente.
 
Ya me da igual si las cadenas de WhatsApp son o no verdad. Me da igual si el pozo era o no legal. Me da lo mismo todo. Julen no está y esa es la única verdad importante.
 
Dicen que él sacó lo mejor de un país. Que unió comunidades y gentes que nunca se hubieran conocido.
Dicen que gracias a él fuimos mejores. Un día, una semana, quizás cumplamos el mes. Pero, ¿a qué precio?
 
Si necesitamos algo así para unirnos, para ayudarnos, para sentir lo que el otro siente ¿en qué nos hemos convertido?
 
Si aceptamos, permitimos y perpetuamos unos medios de comunicación que basen la información en la explotación del dolor ajeno, en el oportunismo y el amarillismo más feroz, ¿hacia dónde nos lleva ese camino?
 
Ahora ya no queda nada. Se apagó la vela, se mudó el circo a otro escenario. Las luces ya no alumbran porque ya no interesa. 
 
Pero el sufrimiento no se va cuando los focos giran hacia otro lado. Vive ahí. Perpetuamente ahí. Da igual a oscuras que entre miles de linternas. Nada lo apaga, pero ya no importa.
 
Pasó tu instante, se agotó tu tiempo y ahora que el hilo de esperanza se ha roto, todo el apoyo recibido se evapora con él. Porque hay otras noticias, otros niños, Maduro, Sánchez… Y cuando comienza lo más duro, más sólo te ves. 
 
Julen falleció, en un pozo, en medio de la oscuridad, lejos de los focos. Pero él era y es luz.
 
Somos los demás, los que acatamos muchas realidades que no deberían existir, los que, realmente, vivimos a oscuras.

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