Inteligencia laboral

Tu mundo al revés

Ayer fue domingo. Uno de esos días en los que fuera hace frío, pero en casa hay café caliente, inmejorable compañía y maratón de películas.
 
Entre unas y otras, surqué los mares con Aquaman, descubrí que la serie Vikingos no es lo mío y volví a ver Del revés.
 
No sé si conoces la película, en la que nos acercan el cerebro de una persona a través de cinco emociones primordiales. La alegría, la tristeza, la ira, el asco y el miedo, se convierten en personajes protagonistas de una animación.
 
Seguramente una persona versada en psicología podría extraer mucho más que yo de la hora y media larga que dura la cinta.
 
Sin embargo, esta vez, me llamó la atención una parte en particular de la película. En ella aparecen lo que denominan recuerdos esenciales, gracias a los cuales se va formando la personalidad de cada individuo, y que dan lugar a pequeñas islas gracias a las que cada uno somos quienes somos.
 
Pero, ¿son tus islas las mismas que eran hace 10 años, o 5, o 1?
 
Empecé a pensar en lo inocentes que llegamos a este mundo. Lo vulnerables que somos ante cualquier estímulo y lo rápido que se nos hace entrar en la rueda de la socialización. No tiene porqué tratarse de algo eminentemente malo, pero sí que es algo que nos cambia.
 
Esos recuerdos esenciales, dejan de tener importancia al crecer, porque lo que de niños era cuestión de vida o muerte ya no lo es. Porque nos inculcaron que lo que amábamos tanto como para tener en nuestra mente un lugar de honor, nunca nos daría de comer. Porque a los chicos no les gusta la moda, ni a las chicas los coches.
 
Es de valientes aceptar a un hijo en toda su individualidad y muchos padres se rinden a lo políticamente correcto, cortando alas que aún no habían comenzado a desplegarse.
 
Y en ese intento por entrar en lo socialmente correcto perdemos nuestra esencia para conquistar las expectativas que otros colocan ante nuestros ojos.
 
Nuestra esencia está alejada de ansias de poder, de grandeza, a años luz de los celos y las envidias. Nuestra esencia es construir pequeñas islas de felicidad que nos procuren satisfacción, comodidad, tranquilidad.
 
Pero debemos ser mejores, ambiciosos, competitivos. En esa responsabilidad que nunca debió ser nuestra nacen todas las emociones negativas. La frustración, las envidias, la necesidad de aumentar de status, de amasar más dinero.

Como si cualquiera de esas cosas pudiera paliar el hecho de que vives contra ti mismo.
 
Es normal que no queramos mostrarnos ante los demás al 100%. Somos humanos, con nuestros reparos y nuestra vulnerabilidad a buen recaudo. Pero cuando la imagen que proyectas y tu esencia real no van de la mano, o al menos llegan a rozarse en algún punto, algo ha fallado en el experimento.
 
Habitualmente no nos perdemos a nosotros mismos por placer, lo hacemos por intentar contentar a los demás. Somos seres sociables por naturaleza y nos da pánico no ser aceptados, no ser queridos. Por eso, pocos son los que, aún sabiendo que serán juzgados, se decantan por su esencia antes de intentar saciar las expectativas ajenas.
 
Aquellas islas que se formaron cuando tú eras tú, se han transformado en el reflejo de los recuerdos esenciales de otros.
 
Te has perdido a base de venderte para que otros te compren. Y ahora, tienes que alimentar la farsa, pintarte cada día una careta que a veces hasta confundes con tu propio rostro. Y cada día el precio es más alto y cuesta más caminar con un lastre que se hace insoportable.
 
Madres, padres, hermanos, parejas, amigos, compañeros de trabajo, jefes, potenciales clientes, personas admiradas… La lista de personas a las que impresionar no hace más que aumentar con la edad. Lo que de niños se solucionaba haciendo reír a mamá y enterneciendo a los abuelos, hoy se ha convertido en una esclavitud en la que no hay ni un minuto para ser quién eres y hacer lo que deseas.
 
Dejaste que tus islas se derrumbasen por no tener el valor de defenderlas. Y ahora buscas más poder, más dinero, más amor, más de algo que pueda hacerte sentir como cuando lo que te movía era lo que de verdad te hacía vibrar.
 
Cambiar de perspectiva es, casi siempre, mucho más que mirar el mundo boca abajo. Sencillamente porque no es lo externo lo que merece tu mirada, si no tu yo más profundo.
 
Ese que siempre tira de ti hacia las islas de las pasiones que enterraste entre responsabilidades que nunca fueron tuyas.

Debes darle la vuelta a la historia, poner tu realidad del revés para ser capaz de volver al inicio. Porque nada volverá si no eres tú quién va a por ello.
 
Así que si sabes cuales son tus islas, dónde vibra tu alma y por qué y no estás persiguiéndolo, ¿a qué estás esperando?

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