Supongo que en vuestro día a día, igual que en el mío, hay muchas personas que se sienten felices, realizadas y motivadas en sus empleos; pero también hay otro porcentaje que no lo está. Profesionales que han perdido toda ilusión y que se dedican a acudir al puesto de trabajo, cumplir su horario e irse a casa. Pasan un día tras otro asentados en la mediocridad, sin querer cambiar, atenazados por el miedo a lo desconocido.


Pensando en ello, recordé que hace muchos años había oído hablar del Síndrome de Solomon. Quizás lo conozcas o tal vez nunca hayas oído hablar de él, pero afecta a muchas personas en muchas áreas de sus vidas.
Básicamente este síndrome hace referencia a la tendencia humana a mantenerse dentro de los límites establecidos por el grueso social, intentando ser aceptados a expensas de su propio criterio. Cabe destacar que no se trata de un trastorno si no que estamos hablando de algo que afecta en mayor o menor medida a todos los seres humanos, que tendemos a tomar decisiones y adaptar comportamientos evitando sobresalir del grupo social.

Todo comenzó con un experimento, que ha sido replicado hasta la saciedad, realizado en un centro escolar y que puso de manifiesto que sólo un 25% de las personas mantienen sus decisiones y criterios propios cuando estos van en contra de un grupo.

En los empleos esto ocurre a menudo cuando por miedo a destacar demasiado, mentes brillantes tienden a cubrir sus responsabilidades sin extralimitarse por temor a sufrir represalias. No es un miedo infundado, es un temor basado en la mentalidad de las compañías, que no valoran a aquellos con ideas propias, con creatividad, con ansias de mejora.
A pesar de que, a priori, parecería lógico que las empresas agradecieran contar entre sus filas con personas que aporten nuevas soluciones y que piensen por sí mismas, la realidad es otra. Es sabido que el sentido común es a veces el más escaso de los sentidos y, la lógica a veces va por un camino bien distinto al de la realidad.

No encajar en la mentalidad contraria al cambio de la empresa, es andar sobre la cuerda floja. Es mejor callar que destacar y asumir unas consecuencias nada positivas. Y eso lleva a la frustración, al tener que vivir en la mediocridad de no poder expresar la creatividad ni poner en marcha procesos de cambio.

La historia suele acabar siempre del mismo modo. El trabajador vuela lejos de la empresa en busca de cielos más abiertos y la compañía vuelve a perder un rentable capital humano que le hubiera reportado importantes beneficios, si no hubiera deseado cortarle a la medida de un traje que no era su talla.

Y, después, se preguntará por qué es tan difícil retener el talento, mientras baja sueldos y recorta beneficios laborales a una plantilla que se ha convertido en una masa uniforme sin ideas ni sueños.

Uniformemente mediocres

Esta idea está relacionada con otro concepto que ancla sus orígenes en un mito griego: Síndrome de Procusto. La historia de Procusto puede sonar extremadamente grotesca, pero aplicada al mundo empresarial cobra un importante sentido.

Procusto era un hombre que vivía en una casa apartada, y a la que muchos viajeros llegaban en busca de cobijo, cuando sus andanzas les retrasaban y eran alcanzados por el ocaso. Como buen anfitrión, Procusto les ofrecía cena y lecho para pasar la noche, pero cuando llegaba la hora de descansar, el dueño y señor de la casa se convertía en un monstruo.

Obsesionado con la idea de uniformidad, cortaba a los peregrinos las partes de su cuerpo que sobresalieran de la cama; o estiraba sus articulaciones si no la llenaban completamente. Lo curioso del caso, es que cuando fue juzgado por su propio baremo, ni siquiera él cumplía los estándares que exigía a los demás.

No llegando a límites tan aberrantes, lo cierto es que en el concepto empresarial se valora sobremanera la uniformidad de pensamiento y comportamiento de los trabajadores, premiando la mediocridad por encima de la excelencia. A día de hoy, aún son muchas las empresas que se resisten a modificar sus procesos, que en la mayoría de los casos están obsoletos y han dejado de ser rentables.

La manida de frase de “esto siempre se ha hecho así”, sigue copando las directivas de las compañías más importantes, relegando a las mentes brillantes a la mediocridad y el silencio, para evitar enfrentamientos o despidos.

Muchos son los directivos que, conscientes o incoscientes de sus propias carencias, prefieren rodearse de personas como ellos, sin darse cuenta que la clave del éxito se encuentra en contar con los mejores y aprender de ellos.

Aferrarse a la estúpida idea de que alguien es mejor que los demás sólo por ocupar un alto cargo, es un suicidio empresarial.

Nadie puede ser experto en todas las áreas y la supervivencia de las empresas pasa siempre por la adaptación a los cambios y por la mejora continua. Al igual que el éxito profesional llegará a quienes exploten sus conocimientos y sus fortalezas, sin miedo a no ajustarse al tamaño de la cama de Procusto.

“Si alguna vez encuentras a alguien mejor que tú, contrátalo. Si es necesario, págale más de lo que te pagas a ti mismo.” David Ogilvy