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Infancia

Los niños. Esos pequeños seres indefensos de hoy, son la esperanza de mañana. Y digo mañana, porque, lo que hoy se ve lejano de pronto está encima nuestro como un rayo que no sabemos donde ha caído pero su sonido escuchamos sobre nuestras cabezas. Del mismo modo, llega el futuro tan rápido que en sólo un suspiro se ha convertido en pasado. Hoy, dos informaciones apalean las conciencias de quienes todavía la tienen, que son cada día menos.

Estados Unidos, cuna de leyes absurdas, tierra de la libertad y de las oportunidades inexistentes se convierte en noticia cada día. Una mujer ha intentado vender a su bebé de tan sólo ocho semanas.
La madre en cuestión, Stephanie, si se le puede designar con ese calificativo que implica tantas cosas positivas, tiene 21 años y, la abuela del pequeño ha sido el brazo ejecutor de semejante idea. Tan delictiva legal como moralmente.

Si se preguntan cual era el destino del dinero obtenido de la venta, se sorprenderán al saber que no se trata de nada altruista. No se debatían entre el amor al pequeño y la necesidad alimenticia. Su pelea interna era muchísimo más material, tanto que a quien escribe se le encoje el corazón sólo de pensarlo. Stephanie necesitaba la suma de 30.000 dólares para comprarse un coche.

No creo que hagan falta más comentarios para hacerse una vaga idea de lo que supone, para esta niña convertida en mujer a fuerza de un parto, ser madre. El amor tan grande que siente hacia su propia persona, le impide reemplazar sus intereses en pos de los de su hijo que sólo a ella tiene en el mundo.

La siguiente noticia, nos trae de vuelta a nuestro país, concretamente a Bilbao, donde un hombre se ha erigido Dios y juez de lo que debe ocurrir en el milagro de la vida. Su esposa ha dado a luz a un bebé sano y hermoso, uno de esos que provocan las sonrisas cómplices de quienes les ven estirar sus bracitos y observan la paz que emana su rostro.

Todos esos sentimientos no colmaron el corazón de su padre, que se sintió con el derecho de golpear a la madre por haber traído al mundo a una niña y no a un varón. Retroceso de siglos en la escala evolutiva, para volver a las cavernas en las que las mujeres entraban arrastradas por el macho dominante y en la que, dar a luz a una hembra suponía una carga adicional para la familia.

Ajeno a los llantos que su paliza producía en una mujer enamorada que le había dado el mejor de los regalos, el hombre la golpeó sin reparos vertiendo en ella una ira que encontró en el primer hijo de la pareja, de cuatro años, su segunda víctima.

El mayor de los descendientes es un varón, como el que él quería, pero aún así ni su fragilidad ni la pureza de su mirada le bastó para librarse de que su padre, esa figura que se idolatra con cuatro años, le pegara en la cabeza con la pata de una silla.

Afortunadamente, los dos están vivos en cuerpo. Pero ¿cómo se recupera el alma de un dolor tan intenso?

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