Hay dos tipos de personas
Inteligencia laboral

Hay dos tipos de personas

Debo decir que no soy una persona muy aficionada a etiquetar a la gente, ni por sus ideas por sus comportamientos. Sin embargo circulan en Internet unas imagenes que me hicieron plantarme este artículo.

Se trata de una serie de ilustraciones que dividen a las personas según sus costumbres más triviales (tenéis algún ejemplo aquí).

Al verla me he dado cuenta de que hay áreas de la vida en las que podríamos aplicar este método. Llevándolo al campo del empleo, después de muchos años seleccionando personal y de otros como desempleada, he llegado a la conclusión de que hay varios tipos de personas según su modo de enfrentarse a las entrevistas de trabajo. En este caso me voy a permitir dividirlas en dos grandes grupos.

Por un lado, l@s pertenecientes al primer grupo se toma las entrevistas como un examen. Se preparan concienzudamente y se presentan el día E dispuest@s a superar satisfactoriamente la prueba.

Creen que para cada pregunta hay una respuesta correcta y mil erróneas y que no ser seleccionadas es sólo el resultado de un suspenso en esa cita crucial.

Cuando acudimos a un examen nos encontramos en la situación débil de la balanza. El profesor tiene la capacidad de juzgarnos y de decidir, cual ser omnipotente, sobre nuestra competencia en una materia; y nosotr@s sólo podemos demostrar en una hora o menos que estamos preparad@s para ser aprobad@s.

Por otro lado, están las personas que viven las entrevistas como una oportunidad. Ven en esa cita la posibilidad de dar a conocer a la empresa la mejor parte de sí mismas, de vender sus fortalezas y de dejar claro que la compañía les necesita en ese puesto.

Saben que para cada pregunta del entrevistador hay muchas respuestas válidas y que en ell@s mism@s está la ocasión de darle la vuelta a la sartén y tomar el mando. Tienen claro que una entrevista es una ocasión única que no puede ser desperdiciada con titubeos y dudas, que deben que tener claro lo que son, lo que valen y lo que pueden ofrecer, y vendérselo a la empresa como una oportunidad vital que si deja pasar no volverá.

Aquell@s pertenecientes al primer grupo al sentirse examinadas parten de una idea de infravaloración de sí mismas, de la creencia de que la empresa les hace un favor por entrevistarles o por contratarles. Ese concepto de su propia incapacidad les delata, están nerviosas, preocupadas, más pendientes de contestar correctamente que de darse a conocer y demostrar su valía.

Las personas del segundo grupo confían en sus propias competencias y entienden la entrevista como una transacción comercial. Han descubierto que la empresa tiene el dinero y ellas el potencial que necesitan, y se venden dejando claro que son la mejor opción y por qué.

Han abandonado la idea de inferioridad del candidato y han llegado a comprender que la entrevista no es más que un modo de descubrir si a las dos partes les interesa iniciar una colaboración rentable.

Denotan seguridad y tranquilidad porque saben que, si después de todo lo que han hecho, después de desplegar todas sus armas, la empresa no les selecciona es porque los intereses de ambas partes no concuerdan.

No lo toman como algo personal, no es un suspenso, no daña su autoestima. Son negocios, nada más.

Cambiando de grupo

La buena noticia es que aunque lleves toda la vida comportándote según el patrón de uno de los grupos, está en tu mano decidir cómo quieres afrontar la entrevista, elegir a cuál de los dos tipos de personas quieres pertenecer. Aún puedes desmontar tu idea preconcebida de tí mism@ y rehacerla a tu voluntad.

Para ello, debes recordar lo más importante: que tú te mereces un trabajo porque te has formado para ello, has cosechado experiencia y eres  buen@ en lo que haces.

Quiero que no olvides que tú no eres un/a parad@, eres una persona profesional que por circunstancias de la vida se encuentra en un instante de parón en su carrera laboral. No has nacido, ni te has formado para que nadie minusvalore tus fortalezas, pero tú menos que nadie.

Te pido que recuerdes la cantidad de veces que en el pasado el teléfono sonó, que obtuviste el puesto, que la respuesta no fue un silencio sepulcral inexplicablemente dañino. Mantén tu idea de ti mism@ lo más pegada  a la realidad que puedas, no te denigres mentalmente.

Debes tener claro en todo momento que vales lo que tú te des a valer, que tu tiempo cuesta tanto dinero como el de la persona entrevistadora, sólo que a ella se lo pagan en forma de sueldo y tú lo estás invirtiendo en una mejora de futuro.

No vayas a las entrevistas pidiendo perdón, ni con una actitud de súplica. Ve a las entrevistas con tu autoestima muy alta, sabiendo lo que puedes ofrecer y dispuest@ a venderte como sólo tú puedes hacerlo. Quién se sienta enfrente de ti no es más que tú, no es mejor persona que tú, no es mejor profesional que tú. Es otra persona en otra circunstancia. Nada más.

No le debes nada a la empresa que te entrevista, ni siquiera un sí a su oferta. Cuando acudes a una entrevista es como cuando vas a una tienda, ¿compras algo simplemente porque está ahí y te sabe mal por el dependiente? No! Compras algo porque lo quieres o porque lo necesitas.

Una entrevista de trabajo no es más que una cita entre dos personas que van a decidir si les interesa, les apetece y les compensa comenzar a tener transacciones comerciales entre ellas. Ambas se necesitan, ambas están situadas en el mismo bando: es una simbiosis.

No tienes excusa para no valorarte ni para dejar que los demás te hagan sentir que te están haciendo un favor. Sé que es complicado cambiar un paradigma que se nos ha inculcado durante tanto tiempo pero repítete que la empresa no te hace un favor contratándote, ni tú trabajando para ellos. No hay favores, hay conveniencia.

Hay beneficio y si no lo hay, para las dos partes, es mejor no demorarse.

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