Las mejores cosas de la vida ocurren por casualidad, chocan con nuestra realidad. O quizás no, puede que debieran ocurrir y solo estaban esperando el momento oportuno, el idóneo para hacer colapsar dos mundos.

 

Me gusta creer más en la causalidad que en el azar, pero la verdad es que siempre será una incógnita por qué conocemos a las personas que conocemos, por qué conectamos con algunas y sentimos rechazo por otras, o el motivo por el que, en medio de cientos de miles de bytes uno se enciende y llama nuestra atención.

 

Y ¿sabes qué? Me parece mágica esa incógnita.

 

Igual de mágico que me resulta haber coincidido y conectado con Diana hace unos meses, cuando me dio por curiosear la red social Thread y me la encontré. Conectamos casi de inmediato y a los pocos días estábamos haciendo juntas un directo en Instagram. Después de eso conocí a otra Diana, la de detrás de las cámaras.

 

Esa que es tan vulnerable como fuerte, a la que admiro por su capacidad de superación, a la que envidio por sus experiencias de vida y a la que hoy quiero que conozcas a través de mis letras.

 

Nació en Bucarest en 1985 y allí pasó su infancia entre el bloque de pisos donde tenía su hogar, la playa en vacaciones y la casa familiar en la montaña, rodeada de primos, abuelos y tíos.

 

Estuviera donde estuviera, Diana siempre era una niña reservada, tranquila y solitaria, pero feliz. Hay personas que crecen aprendiendo a extraer la belleza hasta de lo menos brillante y, en su caso, nada oscureció sus primeros años de vida, a pesar de que el deterioro de la relación de sus padres era ya una realidad.

 

Los estudios siempre se le dieron bien pero elegir su carrera fue más complicado.

Aunque los dibujos de Candy Candy le habían despertado curiosidad por la medicina, su intuición la guiaba hacia el periodismo o la psicología y Relaciones Internacionales llamaba su atención, acabó formándose en Marketing.

 

Un poco por su pánico a las agujas, otra pizca por cierta presión familiar, lo cierto es que no era lo que ella hubiese elegido pero sí lo que finalmente la trajo a España con una beca Erasmus, el segundo año de carrera. Concretamente a Murcia, ciudad en la que aún sigue viviendo.

 

Aquí su grado se llamaba ADE y lo combinaba con un trabajo que le permitiese valerse económicamente por sí misma, a casi 2000 kilómetros de su hogar.

 

Siempre he creído que el alma tiene una llamita que se ilumina más fuerte cuando hacemos lo que amamos y, por lejos que estemos de ese camino, algo nos vuelve a llevar a él. Mi fuego está en las letras, el de Diana en la psicología y aunque quizás ni ella misma lo piense así, algo la llevó de vuelta al camino que debió escoger cuando estudió un Máster en Coaching y Mentoring, tras haber hecho el de Marketing y CRM.

 

Sin embargo, alimentar la llama no siempre implica abandonar otros senderos y cuando eres inquieta como Diana, compaginar es la mejor alternativa.

 

Por eso, su desarrollo profesional ha sido variado, llevándola de trabajar en el sector bancario de nuestro país y en PYMES hasta a hacerlo para una empresa en Londres, en la que hubiera deseado quedarse pero que tuvo que abandonar, por temas burocráticos.

 

Por mucho que ella desease más capítulos británicos su destino estaba en España y aquí ha formado su hogar, junto a su pareja, y ha creado su trayectoria profesional.

 

Trabajadora, responsable y con un don de gentes que emana de ella en cuanto la conoces, entró a formar parte del departamento comercial de una multinacional hace ya más de una década.

 

Y, aun así, la llamita de su alma no ha dejado nunca de pedir combustible.

 

Si te paras a escuchar las historias de las personas descubres que lo puedes denominar llama, vocación, necesidad…

 

No importa el nombre que le pongas, siempre está ahí, en todas las almas.

 

Cuando lo sientes por primera vez ya no puedes obviarlo, intentar apagar la llama te llena de frustración e insatisfacción y, aunque no sepas qué te ocurre, únicamente prestarle atención puede curarte.

 

Solo que nos cuesta mucho pararnos a escucharnos y no todo el mundo tiene el valor para hacerlo.

 

Pero las #PersonasQueSuman son las que lo tienen, las que se arriesgan a pararse a oír lo que les grita la llama y Diana no es una excepción.

 

No sólo se escuchó a ella, sino que dejó que sus amigas y quiénes más la conocían la guiasen y eso la llevó de vuelta al coaching, trabajo que comenzó compaginando con su vertiente comercial, hace 3 años y al que ahora se dedica por completo.

 

Cuando empezó a focalizarse de nuevo en aquello que amaba, equilibró la balanza, realineó el alma y dio una dosis fuerte y continua de gas a la llama.

 

Estar en contacto con otras personas a las que ayuda, conocer historias enriquecedoras y ser parte de otros caminos, era lo que le faltaba para lograr la vida que deseaba.

 

Durante un tiempo, el coste fue muy alto. Sus jornadas se convirtieron en maratones de horas en la oficina, sesiones con sus clientes y trayectos en coche,  escuchando podcasts y audiolibros en inglés.

 

Un peaje que Diana ha sido capaz de abordar gracias a la pasión que siente por lo que hace, pero también a las noches de series con su pareja, a los ratos de escritura a solas con su diario y a que siempre cuenta con el refugio literario que su madre le regaló.

 

Después de todo… ¿compensa tanto esfuerzo, tanto sacrificio?

 

Claro que sí.

Cuando el alma brilla, todo compensa.

 

Ella, que fue tan valiente como para dejar su casa y mudarse a otro país no una, sino dos veces, que dejó atrás su timidez por perseguir sus sueños, que se reinventó siguiendo su intuición, es hoy muy distinta a la niña que escuchaba las historias que su madre le contaba, durante los cortes de luz en Bucarest.

 

Ha sanado tantas cosas, vencido miedos, roto complejos, se ha reconciliado con su propia esencia, ha aprendido a descargar responsabilidades que no son suyas y se ha ganado la confianza propia que siempre se ha merecido.

 

Y así todo, en el núcleo de su ser sigue siendo esa Diana curiosa, deseosa de conocer mundo, de descubrir otras almas y de arriesgarse lo justo para crecer.

 

Ahora tiene la seguridad que le da un incansable trabajo de autoconocimiento y la posibilidad de regalar ese consciencia a sus clientes.

 

Pero, si has llegado hasta aquí, ya sabrás que para Diana todo esto no es suficiente y por eso se mantiene en constante actualización, en continuo aprendizaje y en un perpetuo estado Beta que le permita mejorar cada día para hacer grandes a quienes confían en su asesoramiento.

 

El mejor aliciente para ello es contar con metas que conquistar, sueños que cumplir, objetivos que lograr. Y aún son muchos los que ella pretende construir: seguir creciendo como coach, aprender a montar en bici, retornar a la capital inglesa que tanto le dio y de la que su alma nunca se ha separado del todo, despertar cada día escuchando las olas del mar en el jardín de una casa que sea cobijo…

 

Lo mejor de los sueños es que cuando se cumplen, siempre hay más. Es la maravilla de imaginar, de desear. No hay límites y Diana no solo es especialista en crear sueños propios, sino que con los años se ha convertido en experta ayudando a otros a cazar los suyos.

 

Uno de sus propósitos de año nuevo fue desafiar mes a mes su zona de confort y probar algo nuevo cada 30 días. Nada enorme, solo pequeños cambios que la den a su vida una chispa de novedad y a sus miedos menos razones para molestar.

 

Mientras lo hace, mantiene lo que siempre la ha hecho feliz, por lo que la encontrarás rodeada de amigos, de la mano de su pareja, perdida entre mandalas, viajando por el mundo, cocinando o, simplemente viendo una peli.

 

Después de todo, ¿qué lugar mejor para descubrir la magia que en el hechizo de lo cotidiano?

 

Probablemente solo uno: el lugar donde los sueños se cazan y que encontrarás aquí:

 

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