Inteligencia laboral

Corta el hilo

“Bien”. La respuesta perpetua, automática cuando nos preguntan cómo estamos. Hemos aprendido a decirlo, sea verdad o mentira.

¿Por qué? Hay varias razones para ello. La primera es que sabemos que la mayoría de las veces se trata de una pregunta retórica. La mayoría de personas nos lo preguntan como una muletilla, una manera de saludarnos, una frase que ha perdido todo significado.
Las conversaciones suelen comenzar con un “hola! qué tal?” pero no esperan una respuesta sincera, es sólo la introducción a lo que vendrá después. Por eso, la contestación es siempre un: “bien, y tú?” “bien también. Oye, te llamo porque…”
Y así se nos mueren los lamentos en la garganta. Se nos encoge el pecho y seguimos adelante estando bien. Forzándonos a estarlo, suframos o no. Lloremos o no. Tengamos uno o millones de problemas.
Por otro lado, tendemos a informar al mundo de que estamos de maravilla, porque no es socialmente aceptable no estarlo. Hay momentos que sí, pero son tan pocos que se pueden contar con los dedos de una mano.
Si hemos perdido a un ser querido o si nos han despedido del trabajo, puede que se nos permitan unos días de pena, de bajón. Pero poco más. Si la situación se dilata en el tiempo, van desapareciendo los apoyos, los mensajes de aliento y acabamos por darnos cuenta de que ha llegado el momento de volver a contestar “bien” a todo el que nos pregunte.
Y así nos vamos aislando del mundo, porque estar conectados es mucho más que una charla de vez en cuando. Mucho más que un “me gusta”, inmensamente más que un comentario en una foto.
 
Estar conectados es llegar a entender los silencios, las respuestas que huelen a mentira desde lejos. Es saber cuándo alguien necesita que le digan “sé que no estás bien, pero aquí estoy”.
Por eso hoy quiero decirte que tienes derecho a no ser feliz y, sobre todo a gritar a los cuatro vientos que no lo eres sin miedo a lo que piensen los demás. Nada va a pasar si en un momento dado rompemos la baraja y decidimos ser sinceros y dejar claro que no queremos seguir jugando al juego de la hipocresía. La tristeza, la decepción, el enfado son emociones propias del ser humano y bloquearlas o fingir que no existen no acarrea nada positivo.
Desde que somos pequeños nos enseñan a reprimir nuestras emociones. Tras una pelea entre dos niños siempre aparece una de las madres para decirle a su hijo: “Venga, ve y dale un besito para ser amigos otra vez”. ¿Por qué? Si imaginásemos esa situación entre dos adultos nos resultaría aberrante. El niño tiene derecho a su enfado y debemos dejarle que él decida cómo gestionarlo y cuándo superarlo, sin banalizar su emoción tratándolo de tontería.
Cuando el niño no consigue lo que quiere de manera inmediata, sólo escuchamos los gritos, los llantos, la pataleta. No somos capaces de ver que tras el disfraz de enfado encarnizado se esconde la frustración de no obtener lo deseado. Si nosotros, como adultos, no somos capaces de reconocerlo, ¿cómo vamos a ayudar al niño a gestionarlo para hacerle capaz de sobrellevarlo de por vida?
La correcta gestión de las emociones no está en fingir que no se sienten y continuar tirando de un carro que, cada vez, carga más peso. Se encuentra en el modo en el que canalizamos cada situación para que forme parte de nuestra experiencia sin convertirse en un lastre.
Gestionar es manejar, conducir; no esconder y tapar bajo kilos de felicidad fingida. Si no aprendemos a hacerlo correctamente esas emociones mal digeridas (o no digeridas en absoluto) se enquistan, se convierten en losas perpetuas. Y nadie puede soportar toneladas de tristeza, de frustración, de celos, de ansiedad, sin estallar en algún momento.
La primera lección para llegar a una óptima gestión de tus emociones, es conocerte. Entenderte tan profundamente que seas capaz de reconocer la delgada línea que separa la cólera de la frustración, la ansiedad de los nervios, la tristeza de la depresión.
Es algo tan sutil que únicamente conociéndote podrás ser capaz de vislumbrar. Si no le ponemos nombre a nuestros sentimientos, nunca podremos ponerle solución. Estúdiate, obsérvate. Siempre te lo he dicho, debes ser capaz de mirarte al espejo sin los kilos de mentiras que te has ido contando. Sin ver en ti el reflejo de lo que los demás esperan.
La segunda lección es hablar. Mantenerse en silencio, dejando que el corazón se marchite o se emponzoñe no es una alternativa. Dilo, habla sobre ello, reconócelo y date el gustazo de gritarlo si hace falta. No eres más débil por sentirlo, eres más fuerte que los que se callan. Porque admitir y verbalizar es el inicio de la superación. Mientras el silencio es la escoba que barre la suciedad debajo de la alfombra de tu alma. Y yo, al menos, escojo tener un alma limpia y en paz.
La tercera lección es ser capaz de pedir ayuda. Aceptar que en la vida las penas son menores cuando son compartidas, que no somos súper héroes ni súper heroínas y que pedir ayuda no es humillante ni nos hace menos… menos de nada.
Hay miles de personas en la misma situación que tú y millones que han superado lo que hoy te angustia. Sólo debemos estar atentos y dispuestas a escuchar. Si no lo sabes, si no te lo cuentan quizás sea porque no has querido saber, porque te conformaste con el “bien” aunque sabías que había mucho más.
No. No soy psicóloga y es algo que siempre quiero dejar claro. Pueblan nuestras ciudades muchas personas que están capacitadas para darte el amparo que necesitas. Profesionales como la copa de un pino que pueden ayudarte muchísimo más que yo.
Sin embargo sé que cada persona aguanta su vela, carga a peso con mucho más de lo que puede sostener por el simple hecho de que educacionalmente se nos ha dicho que así debe ser. Nos han contado un cuento en el que la vida sencilla y feliz no existe, y nos hemos creído que todo sufrimiento es normal. 
Pero no lo es. Al menos no todo. No pedimos ayuda porque ni siquiera sabemos que la necesitamos y se nos agria el carácter al mezclarlo con el propio oxígeno que nos da sustento. Nos convertimos en marionetas, bailando al son de unas emociones que deberían trabajar a nuestro favor.
Pero no, se han hecho las dueñas y ellas mandan, mientras nosotros obedecemos. Controlan nuestros movimientos y nos hacen perder la libertad de elegir. Porque estén a flor de piel o escondidas tras años de oscuridad, existen y sólo tú les otorgas su fuerza no asimilándolas.
Pierdes el libre albedrío porque es el miedo el que actúa, es la ira la que habla, es la frustración la que hiere. Sigues soportando, permitiéndolo porque acatar es más sencillo que afrontar.
Y tú que naciste para alcanzar cualquier meta, te aferras al peso de tus sentimientos para no elevarte. Cuando lo que deberías hacer es cortar los hilos que te manejan y surcar todos los cielos.
La decisión vuelve a ser tuya, porque el problema no está fuero sino dentro. Es en tu interior donde está todo lo que necesitas para dejar de esconderte y aceptar. Para dejar de pensar que no necesitas un instante, un momento para digerir lo que ocurre y gestionarlo de la mejor manera. Es en lo más profundo de ti mismo donde no te permites ser tú, dónde no aceptas que la capa de súper héroe no te hará volar si te atas al suelo.
El hilo sólo te sostiene porque no te atreves a cortarlo, pero no es tu pilar, es tu cadena. Es la que te hace vivir según marcan unas emociones no gestionadas. Jamás serás feliz atado a las cuerdas. Te dejarás llevar y dirás que eres así. Que siempre lo has sido. Pero no es cierto, sólo que es más sencilla la costumbre que el crecimiento.
Es en el fondo de tu alma donde debes cambiar. Donde debes ser valiente para cortar el hilo y humilde para aceptar la ayuda de los demásPorque, créeme si te digo, que siempre hay alguien que estará dispuesto a ser tu bastón mientras recuperas las fuerzas. Si no lo ves, quizás debas aprender a mirar.
Conócete, ámate, permítete ser quien eres, deja de esperar, acepta y comienza a fluir. Es momento de responsabilizarte de tus sentimientos, de canalizar tus emociones porque únicamente así serás libre. Crecerás.
Deshazte de los lastres, de las cuerdas que manejan tu existencia. Permítete, de una vez, volar.
Y, si todo eso falla… Vuelve a empezar.
                                                                                                                                                                          
 
Muchas gracias a Cristina por recomendarme escribir sobre este tema en el blog, y por ser parte de mi comunidad y una de esas personas bonitas que me rodean y me ayudan!

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